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miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA PLATA: CIUDAD LITERARIA


Pensar en la ciudad de La Plata (Argentina) me lleva, inevitablemente, a mi infancia. Todos los años volvíamos a hacerle una visita, y todos los años vivía el mismo entusiasmo. Por esto, y por lo que hoy significa culturalmente, le dedico esta entrada.


La ciudad es un cuadrado perfecto atravesado por dos diagonales. Algunos dicen que esta forma remite a los símbolos masónicos de la escuadra y el compás, la conspiración de la razón sobre la religión... Las calles no tienen nombres, sino números, al estilo NY, y la caracteriza la Universidad que recibe estudiantes de todo el país y del extranjero, haciendo de ésta una ciudad joven.


Los recuerdos de mi infancia sobre La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, tienen dos cenit, dos lugares que se repetían año tras año y que eran para mí el sumun de la fantasía: la República de los Niños y el Museo de Ciencias Naturales.



La República de los Niños fue inaugurada cuatro años antes que Disneylandia. Algunos dicen que sirvió de inspiración para la diversificación de la empresa Disney. Sea o no verdad, la diferencia radica en que en ésta no hay personajes marketineros y en que, en verdad, es una ciudad en miniatura, con escuela, iglesia, banco, casa de gobierno, etc. Todo en tamaño niño, con su tren, su anfiteatro, su lago con barco y, por lo menos en mi infancia, su minibús que te llevaba a pasear por todo el recinto. Fue inaugurada por Perón, y en ella no viven princesas ni ratones. No sé qué tan felices podrán sentirse los niños actuales en un lugar como ese. Me gustaría averiguarlo…




Luego, antes de la hora de cierre, me llevaban al Museo de Ciencias Naturales. Acá estimo que la impresión puede ser la misma porque ¿qué niño no se impresiona junto a un dinosaurio? La colección es estupenda, y cuenta con muchos ejemplares, además, de la Edad de Hielo, y las joyas que yo siempre quería ver: subía corriendo las escaleras porque arriba ¡me esperaban las momias!




A esa edad me era más que suficiente toda esa sobredosis de ilusión. Ahora, todo eso no pierde el encanto, pero le sumo lo literario, ya que La Plata es una ciudad de poetas. En ella nació y vivió Francisco López Merino, poeta amigo de Borges, que se quitó la vida a los veinticuatro años. Hoy, la que fue la casa de su padre es un complejo bibliotecario, el Palacio López Merino, uno de los tantos lugares donde transcurre la vida cultural de la ciudad. La lista de escritores y poetas es amplia. Encuentro a Aurora Venturini, la autora de Las primas, novela premiada que leí hace poco, y que ella escribió casi al final de sus días, y a una larga lista de poetas: Julio César Avanza, que además fue ministro, Mario Porro, Horacio Preler, César Cantoni, Sandra Cornejo, Justo María Aguilar, Guillermo Eduardo Pillía, Mario Goloboff, Estela Calvo, Ana Emilia Lahitte, y la lista sigue. Algo tendrá la ciudad de inspiradora. 



Borges junto a López Merino

A estas voces se le suman la de los escritores que vivieron en esta ciudad por unos años, como es el caso de Rodolfo Walsh o de Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como Almafuerte. Entre las nuevas, muchas ya han traspasado la frontera, como Leopoldo Brizuela, ganador del Alfaguara 2012. En la lista sobresalen Carlos Ríos, Mario Arteca, Néstor Mux, Horacio Fiebelkorn, Eduardo Rezano, Ulises Cremonte, Esteban López Brusa, Juan José Becerra, Mariana Enríquez, Miguel Dalmaroni, Horacio Castillo, Edgardo Vigo, Gustavo Caso Rosendi, Carlos Aprea, María Eugenia López, Gabriel Bañez. Incluso podría nombrar a Laura Alcoba, que vive en Francia pero que alcanzó la fama con La casa de los conejos, novela que leí y que transcurre en esta ciudad en la época de la dictadura. Becerra, en una entrevista que le hizo el diario La Nación, dijo: «No hay una literatura platense, como tampoco hay una literatura dublinesa, a la que siempre se la confundió con la literatura joyceana. Cada autor es un mundo íntimo y formal que actúa al margen de su realidad civil.»

Teatro Argentino

Teatro Coliseo Podestá

Esta ciudad respira literatura, no sólo por sus autores, sino también por sus editoriales, que han ido surgiendo en estos últimos años. Tiene, además, muchas bibliotecas, preciosos teatros, como El Argentino y El Coliseo Podestá, ambos pilares de la cultura nacional. Y bares, universidades, centros culturales, plazas y calles amplias para pasear. Una capital de provincia que debería estar en la lista de todos los que visiten Argentina.
Andrea Vinci
Punto y Seguido


jueves, 4 de junio de 2015

BAJO LOS ESCOMBROS



Los muros de ladrillo rojo de la ciudad que conocí hace años, solo se sustentan en mi diario de viaje. Entonces escribí que desde la estupa de Swayambunath, en lo alto de una colina desde donde se divisa la ciudad, Kathmandú era abigarrada, estática, como un enorme tapiz bordado de pequeños detalles que apenas son visibles a la vista.

Me resulta difícil imaginar qué ha sido de esas calles, esos comercios, los templos, plazas y monasterios. Entre otras cosas,  porque la colina donde se alzaba la estupa es ahora un rimero de escombros. Para muchos espectadores, las imágenes del televisor están a diez mil ochocientos kilómetros de distancia. Para mí, sin embargo, siguen estando demasiado cerca. Cada plano que el reportero enmarca me remueve con una intensidad de 8 grados en la escala Richter. Todos mis recuerdos se desmoronan. Atrás quedaron el ruido insoportable de las motos, la sonrisa de los niños uniformados al salir del colegio, las manos creyentes haciendo girar los cilindros de los templos, las dentaduras postizas en los escaparates de los dentistas, la carne de cabra expuesta sobre una tabla abombada, el olor acre de las piras en Pashupatinah, los ladridos nocturnos de los perros. Revivo mis paseos por el barrio de Thamel con la mochila al hombro, pero tengo que esquivar los cascotes, contemplar los restaurantes derrumbados, los hoteles sin fachadas, los postes de luz taponando las acequias que delimitan la calle, la rabia, el dolor.



El ambicioso turista conserva las fotos que se hizo en la plaza Durbar, con la sonrisa amplia y una mota de brillo en la pupila. Limpia el polvo de los souvenirs que adquirió en Thamel, relata por enésima vez la historia de la diosa niña Kumari Devi. Su Nepal se ha quedado detenido en la memoria, a salvo de los terremotos.

Regreso a mi diario. En las páginas que escribí todo sigue igual. Allí siguen erigidos los templos, los edificios, las plazas. No hay mejor forma de perpetuar una ciudad llena de vida que con la tinta de un bolígrafo. Pero no ocurre lo mismo con los recuerdos. Esas terribles imágenes que se cuelan en nuestra suerte sustituyen a las anteriores y no serán reconstruidas hasta que Nepal vuelva a ser ese tapiz que cubría la llanura bajo un manto blanco de ochomiles.


Quizá no sea suficiente con recordarlo cada día, con imaginar las caras que fotografiamos entonces, con ingresar una cantidad en las cuentas de las ONGs. La reconstrucción debe partir de ahí y continuar hasta volver a pisar sus calles, a dormir en sus hoteles, a comprar en sus comercios, a rezar en los templos. Reconstruir la ciudad y los recuerdos.

Pedro Rojano
Punto y Seguido


jueves, 23 de abril de 2015

PUERTA OSCURA Y EL MAR (UNA VISION DE MALAGA)





De pequeño me fascinaba contemplar el mar, por eso no me pareció tan malo que la empresa de mi padre nos trasladara. Puerta Oscura fue mi primer hogar en Málaga. Mis padres, mis hermanas y yo llegamos una noche de Julio de 1985. Veníamos deseosos de ver la Costa del Sol, pero las primeras imágenes del centro de la ciudad fueron oscuras; callejones salpicados de sombras mitigando el calor. Las fachadas dejaban al descubierto desconchones por los que asomaban sin pudor viejos muros de ladrillos. Por entonces, mi cara era un hervidero de acné y, aunque yo trataba de camuflar las pústulas, lo cierto es que no había forma de ocultar, al igual que aquellas casas, el inevitable cambio que se avecinaba. Al llegar a la Plaza de la Merced, deseoso de elevarnos el ánimo, mi padre nos dijo que en una de aquellas casas había nacido Picasso, pero lo único que acerté a ver bajo los olmos enfermos de aquella plaza fueron sombras de yonquis. Al enfilar la cuesta de Mundo Nuevo, mi madre desgranaba la letra de Concha Piquer: «La niña de Puerta Oscura, se vio de cara con él, los ojos de calentura, la boca como un clavel, adonde vas niña hermosa, adonde vas por ahí.»
A mitad de la década de los ochenta, además de la playa, las suecas y los pescadores del puerto, para mí Málaga no era más que un Mundo Nuevo en Puerta Oscura. Mis dieciséis años se identificaban con el contexto, y yo comenzaba a notar cambios en mi organismo que me avergonzaban. La pelusa de la barba había comenzado a disfrazarme de viejo y los granos tenían tomado el control del rostro que veía en el espejo antes de salir para el Cánovas del Castillo. Por primera vez pisaba un instituto y compartía clase con chicas, y aquello fue aún peor, pues me cohibían sus miradas y sus risas, sus voces agudas y sus juegos. Yo no estaba acostumbrado y tuve que poner manos a la obra para asumir los cambios si no quería ahogarme en ellos.
A la ciudad le ocurría como a mí. Se iniciaban obras de reconstrucción del centro  histórico y las viejas casas dejaron paso a solares y posteriormente a renovados edificios que se poblaron de oficinas y pequeños comercios. Las calles fueron recuperando la luz y poco a poco, al igual que yo, fue creciendo y convirtiéndose en mayor de edad. Con la restauración del Teatro Cervantes,  la recuperación del teatro Romano de la calle Alcazabilla (previa demolición de la Casa de la Cultura) y la remodelación (creo que más de siete veces) de la Plaza de la Merced, mi barrio se convirtió en lugar de referencia del centro histórico, y la calle Mundo Nuevo que había dejado de ser nueva, vio como demolían sus casas matas del lateral derecho de la calzada y la alfombraban con un nuevo adoquinado que conducía al túnel del Puerta Oscura, por donde yo cruzaba para ver el mar.
La ciudad me vio crecer al igual que yo a ella. Asistí a su modernización con los nuevos centros comerciales en los días en que comenzaba a pandillear por Pedregalejo, la apertura de la Casa natal de Picasso en mis correrías universitarias, la peatonalización del centro, el Museo Picasso, el Thyssen, el nuevo Paseo Marítimo, el Muelle uno, el Museo Ruso, el Pompidou…
Siempre he pensado que a pesar de todo lo que ha ganado la ciudad, lo que me sigue fascinando es el mar: protagonista absoluto e indiferente a los cambios. De un azul turquesa en días soleados y verdoso cuando el viento agita.  

Pedro Rojano. Punto y Seguido

lunes, 19 de enero de 2015

DUBAI: LA CIUDAD GUINNESS


A orillas del Golfo Pérsico se extendía un gran desierto en el que con dificultad se las arreglaban unos pueblos dedicados al pastoreo. Para nada imaginaban que en poco más de cien años, aquel lugar inhóspito sin apenas agua y pasto para las cabras, se transformaría en una de las capitales más espectaculares del siglo XXI: DUBAI.

Marina de Dubai

Dubai es la primera ciudad del mundo que ha sido construida con el mero fin de ser admirada. Más aún, de ser admirada desde el cielo. Parece que en ella todo está proyectado bajo las consignas del libro record de los Guiness. Todos los edificios y construcciones anticipan a su nombre el antetítulo de “El más grande del mundo, el más alto del mundo, el más extenso del mundo, el más caro del mundo“ Todo es lo más. Y cuando aterrizas en ese lugar reservado para el reto de la capacidad humana, te preguntas si lo que estás viendo tiene algún otro sentido.
De cualquier forma se trata de uno de los espectáculos visuales más impresionantes del mundo. La fantasía de cualquier arquitecto se hace realidad en este lugar, y los turistas no dejan de impresionarse a cada paso, mejor dicho, a cada kilómetro de autopista, y es que Dubai es un lugar no proyectado para pasear por sus calles. Alguien me llevará la contraria, y tendrá razón, porque en esta ciudad existen muchos paseos diseñados especialmente para el peatón, pero no me refiero a ese tipo de paseo en el que te marcan claramente el sendero, el cual no puedes abandonar bajo ningún concepto. Me refiero a ese deambular por las calles, sin destino. Recorrer los callejones dejándose aconsejar por la intuición en la confluencia de calles, perderse por recovecos y descubrir la magia del plano que te hace aparecer en los sitios más insospechados. Dubai no tiene eso. Aquí todo está planificado para no perderse, para no abandonar el camino que te obliga a admirar cada una de las bellezas que se han construido para tu asombro y evitar que te pierdas algo, algo parecido a los pasillos de Ikea.


Marina de Dubai


Burj Khalifa
Por eso Dubai, es un lugar para dejarse llevar por la admiración. Pensar que no has llegado a una ciudad, sino probablemente al Parque Temático para Adultos más grande del mundo. Cada proyecto es menos espectacular que el siguiente: El hotel Vela (Burj Al Arab) de siete estrellas, con 300 metros de altura y habitaciones de cinco mil euros la noche; La Dubai Marina, un centro residencial con río artificial por el que cruzan veleros y flanqueados por lujosos rascacielos resplandecientes que te deslumbran de lujo y diseño; La Palm Jumeirah, un terreno ganado al mar de 5,60 kms cuadrados de extensión, en la que se han proyectado miles de apartamentos de lujo (construidos la mayoría) y viviendas individuales con una playa privada para cada una de ellas; en el extremo de la Palmera, al que hay que acceder por un túnel bajo el mar, se eleva el magnífico Atlantic Hotel, otra perla arquitectónica solo permitida para bolsillos abultados; En el centro de la ciudad se sitúa uno de los proyectos más ambiciosos de los últimos años y que se inauguró en el año 2010, el Burj Khalifa, el rascacielos más alto del mundo con 828 metros de altura y 186 pisos. Todo un desafío para el hombre que puedes contemplar desde abajo o puedes incluso subir hasta su mirador en el piso 125. Debajo de él se encuentra el Dubai Mall, el centro comercial más grande del mundo, como no podría ser de otra manera, con el Aquario más grande del mundo en su interior y con el precio más caro del mundo. En el centro comercial puedes encontrar todas y cada una de las franquicias más caras y famosas del mundo. En ese lugar plagado de tentaciones concluimos nuestra visita, completamente empachados de asombro y empequeñecidos de tanta grandiosidad. Para marcharnos a nuestro hotel también tuvimos que esperar la cola de taxis más larga del mundo, que se prolongó más allá de la hora y media, y es que Dubai no está diseñada para tarjetas de créditos limitadas, los turistas deben respetar la admiración que les brinda la vista: mirar y poco más. Un auténtico museo interactivo solo para ricos.

Burj Khalifa
Mientras recorríamos en taxi las avenidas me preguntaba quien viviría en aquellos fastuosos apartamentos, en todas aquellas plantas que se sucedían una sobre otra en los rascacielos, en las mansiones que flanqueaban la carretera con vistas al mar… En Dubai solo hemos visto turistas y emigrantes, los cuales, a punto de acabarse el petróleo, son el verdadero combustible, de esta fantasía de pastores. Los verdaderos usuarios de este artificio se camuflan tras las ventanas ahumadas de sus limusinas.

Cuando el avión se elevó por encima de la ciudad, pudimos contemplar desde el aire su próximo orgasmo arquitectónico, aún en construcción: Un mapamundi sobre el mar, compuesto de numerosas islas artificiales que conforman los diferentes países del mundo, y en el que pretenden reproducir el paisaje climático de cada país y un poco de su cultura. Todo un desafío para la ingeniería que sin duda lograrán para regocijo de los millones de turistas que acudirán a llenar las arcas de esta ciudad.


Imagino que Dubai, en pocos años, se convertirá en la capital más visitada del mundo, a la que acudirán ingentes hordas de turistas deseosos de contemplar todo aquello que está prohibido para sus bolsillos. Me gustará leer la noticia sentado en un pequeño café, a orillas del Tiber, disfrutando de la que considero la ciudad más hermosa del mundo.

Pedro Rojano
Punto y Seguido


Palm Jumeirah

jueves, 18 de diciembre de 2014

PRIMERAS IMPRESIONES DE PANAMÁ

PRIMEROS DÍAS 

El miércoles 3/12/14 llegamos a Panamá. Las dos primeras noches paramos en el Hotel Sheraton. Ahora estamos instalamos en un departamento del edificio Pacific Sky, donde pasaremos un tiempo indeterminado. Mi marido llegó descompuesto, por eso lo primero que miramos fueron las camas. No las del Sheraton, claro. El olor a humedad y a transpiración humana impregnado en sábanas, colchones y almohadas, junto con un pelo que saltó a la vista, nos tira para atrás, y el aroma se queda instalado en mi nariz como un mal sueño. Yo quería ponerme el short y las chanclas, pero tuve que dejarlo para después. Primero estaban las compras de rigor y poner a trabajar la lavadora y la secadora. Le tocó el turno hasta a las almohadas. Comprobamos que jamás habían dado vuelta el colchón; el peso de dos metros por dos metros recae en Miguel. Tras darlo vuelta huele a madera y de este lado una franja amarillenta lo atraviesa, producto de las dos camas separadas que lo sostienen.


Todo tiene, hasta ahora, un dejo de irrealidad. La primera impresión fue nocturna, de oscuridad y espacio abierto, de edificios que en nada se parecen a un barrio. Adentro del hotel las chicas se pasean en vestiditos de tirantas y minifaldas, en tacones altos y peinados de peluquería. Yo compruebo que mi pelo, que en México estaba casi lacio, se eriza y crece como un pastel. La ropa que llevo puesta es la que «me entra», más acorde a la temperatura del DF que a esta. Afuera el calor y la humedad del trópico. Adentro todo luce casi como una película. Por la mañana compruebo que se ve el mar desde la ventana de nuestra habitación, gris como el cielo. Me pregunto cómo se verá con sol, si la desembocadura del río-canal convertirá a este mar en un marrón platense. Dicen que los panameños llaman a la temporada seca «verano». Se supone que comienza en enero. Las piscinas de hoteles y edificios aún están vacías de gente, pero llenas de agua. Yo me siento como en una isla. Salimos a caminar por los alrededores del hotel. Enfrente, el Centro de Convenciones; un tal Adal Ramones es el culpable de una fila interminable alrededor de toda esa manzana. Junto al hotel, un Casino. Dos cuadras más allá, una lavandería. A la vuelta, una parada de autobús. A esa hora ya no hay atascos. Desde el mar llega un aire un poco menos denso. Decidimos sentarnos junto a un gran globo terráqueo a respirar aire puro. En la esquina flamea la bandera, casi en la oscuridad. Durante el día le saqué alguna foto, rodeada de pájaros.


 Miguel y yo llegamos con resfriado. Seguimos estornudando. El mundo se mueve en coche. Todos paran en la puerta. Los valet parking se apoderan del volante. La gente entra, desconocen el calor, es casi una negación. Los edificios de Punta Pacífica y San Francisco centellean desde mi actual ventana en el edificio Pacific Sky. El «Tornillo», como llaman a su edificio emblema, sobresale entre todos. Observo mi nuevo horizonte. Hacia la derecha veo el mar y una avenida que trae luces rojas. Mientras miro a la altura de mis ojos, desde esta 15º planta, todo parece un escenario perfecto. Cuando la vista ya está llena de edificios, miro hacia abajo. A mis pies, a la derecha, las topadoras escavan la tierra junto a un charco que pronto se convierte en laguna. A mi izquierda, como un viejo barrio chino, una manzana irregular de casitas de colores con techos de chapa, se resiste al desalojo.  



PERDIDOS

Sábado 6/12/2014: suena el timbre antes de lo previsto. Miguel se desespera, me hace salir corriendo, casi sin peinarme. Edith, la agente inmobiliaria, nos invita a visitar un par de departamentos. Estamos sin desayunar, aclaro. Yo no funciono sin café. Migue está sin teléfono. Le trajeron un chip, pero no funciona, dice. ¿Vamos en su coche, Sr. Miguel? Sí, contesta él, que sólo lo había metido en el garaje la noche anterior cuando un compañero se lo dejó en la puerta. La obligo a elegir cafetería antes de salir. Me pregunté por qué no nos llevaba ella que conoce el camino. Sencillo, porque anda en taxi. Subir al coche fue una estupidez. Los departamentos a visitar estaban a una cuadra… Uno era enorme y muy descuidado. El otro muy pequeño, agobiante. Le aclaro que soy yo la que debe pasar tiempo en el lugar, y que tiene que estar cerca de un supermercado. Edith es altísima, usa ropa elegante, o por lo menos así le sienta. Cuando camino junto a ella soy un enano de jardín. Me choca el trato: señora, señor. Cuando lo dice me acuerdo de mi madre: El señor está en el cielo.


         Tras la visita nos vamos al Sheraton, Edith tiene que hablar con el jefe de Miguel. El regreso no debía ser directo. Íbamos a recorrer la zona, pero no tenemos plano, ni GPS, ni recordamos nuestra calle o nuestro edificio, sólo su nombre. Y estamos incomunicados. Después de dar cientos de vueltas y no encontrar cómo llegar al edificio donde vivimos, con Miguel insultando al tráfico, le sugiero que entre en un Centro Comercial que sabemos está muy cerca de la que, provisionalmente, es nuestra casa. Primero busquemos a Movistar, le digo. Corrimos por los pasillos. Arriba, abajo. El muchacho del stand nos mira con mala cara. Ya cierro, nos espetó sin levantar los ojos. Miguel abre el teléfono y se lo muestra. El chico lo arregla sin dar explicaciones. Por fin podemos hablar, pero mi idea es otra: que nos guie un taxista. Y fue la mejor. Eran apenas unas cuadras, pero cómo dar con la calle. La ciudad está cruzada por autovías, la costa es irregular, las referencias se desdibujan, la noche cae rápido, a las 6 PM. Llegamos a la hora de la cena, y el domingo todo fueron caminatas de orientación y visita al mismo Centro Comercial que nos había salvado. Es importante saber cómo entrar y cómo salir de esta ciudad que en principio se muestra poco amigable, tanto para el conductor como para el peatón. 



DÍA DE LA INMACULADA, DÍA DE LA MADRE

Aquí es día de fiesta, no se trabaja. Miguel propone recorrer la autopista e ir hasta la planta donde están sus nuevas oficinas, para hacer un reconocimiento. Luego enfilamos hacia una zona turística: el Casco Antiguo. El estacionamiento, frente al mar, es gratuito. La zona es irregular. Mezcla de edificios rehabilitados con “conventillos” de escaleras desvencijadas y olor a viejo. Frente a la Plaza Francia encuentro el Centro Cultural de España llamado «La Casa del Soldado», que días atrás albergó al Festival Ñ. Lamenté mi falta y me pregunté cómo sería andar sola por estas calles, por la noche, buscando taxi. Estimo que si hubiera llegado sólo una semana antes mi falta no sería tal, pero sólo estimo. Cuando levanto la vista y veo la ropa tendida en los balcones, me acuerdo de Inma y saco fotos. Pronto comienza a chispear. En una pequeñísima plaza, frente a una iglesia que sólo conserva su frente en pie, nos refugiamos de la lluvia bajo las sombrillas de un restaurante. Cuando amaina un poco, nos acercamos a otra plaza y buscamos asiento en una mesa, bajo otra sombrilla. Pronto vuelve a llover. Almorzamos rodeados de una cortina de agua. La comida va acompañada de patacones, plátanos verdes aplanados y fritos. Lo que pedimos nos asombra. Lo imaginamos diferente. Con la barriga llena emprendemos el regreso. Cuando llegamos al coche, la rueda derecha trasera está pinchada. Parece otra mueca más de nuestra suerte.



 POR AHORA, PACIFIC SKY

Desde este edificio salgo a ver otros, a buscar nuestro próximo hogar. Algunos muy cerca. Sobre la ciudad sobrevuelan grandes pájaros negros. Esperábamos gaviotas, pero aquí hay buitres. También hay mirlos de un tono negro azulado que atiborran los árboles, y al atardecer ensordecen ciertas calles, aunque de un sonido más agradable que las cotorras argentinas. Encuentro el cuenco donde dejo los saquitos de azúcar lleno de hormiguitas enanas. Hormiguitas que han trepado al piso 15, y que me producen un escozor hipocondríaco. Miguel dice que la oficina está llena de ellas. No me extraña, está al borde de la selva. El aire acondicionado cumple dos funciones: enfría y seca el ambiente. Todos los departamentos que visito tienen área social, con su piscina, la mayoría insignificante, y su gimnasio. Yo quiero esto y vista al mar. Si se trata de pedir, pido. Pero nada me convence del todo. Finalmente busco en internet, me canso de Edith, de su letanía: El señor dijo, El señor quiere, ¿Cómo amaneció la señora?... Busco en el periódico. Las frases ordenan las palabras al revés. Muchas arrastran el verbo al final. Compruebo que utilizan sinónimos, y que el vocabulario está impregnado de lo limítrofe: chévere y vaina son palabras que escucho a cada paso. También vocabulario norteamericano, de cuando el canal era colonia. Este país tiene 3.800.000 habitantes, la mitad está en esta ciudad. Igual cantidad de hombres y mujeres, y muchos descendientes de los esclavos negros, que entre etnia pura, mulatos y zambos suman un 41% de la población.

         La gente contonea sus curvas enfundadas en jeans que yo encuentro calurosísimos. Caminar por las calles en shorts es mostrar a destajo nuestra calidad de turistas, y eso no es bueno. Ni el mar ni el calor otorgan libertad. La formalidad inunda las calles de tacones altos y de vestidos paseanderos. Aquí no hay playa, no se confunda. Las playas están fuera de la ciudad, o del lado del Caribe. Me da igual, me calzo mi short y voy al supermercado. El 99% de los productos tiene inscripciones en inglés. Me aterrorizo frente a los tomates. Un tomate: 1 dólar. Algunas frutas, como las ciruelas, se venden por pieza, no por kilo. Alguien nos cuenta que hay un Mercado de Abasto, que allí todo sale tres veces menos. Será nuestro paseo tempranero de los sábados, no lo dudo.


         Es difícil encontrar el nombre de las calles. Los edificios no tienen número, sólo nombre. Llega bien la correspondencia, me dice el custodio del Pacific Sky. Algunas cosas nos orientan. La calle 50 y su «Tornillo», la Cinta Costera sobre la Avenida Balboa, el Corredor Sur, el Hospital, el Multiplaza, el Multicentro. La ciudad bordea al mar, lo abraza. Crece a lo alto, y poco a lo ancho. Tiene unas cuantas cosas para conocer, no sólo el Canal. Más de lo que esperaba.
         Como dije antes, el mundo se mueve en coche. Encontrar gente caminando por las calles es rarísimo, por eso llamamos la atención. Las calles tienen muchísimos baches. Las aceras son mínimas. La sensación de barrio es inexistente. La vida gira alrededor de los Centros Comerciales. El sol pega como un diablo y si dejas un huequito sin protector, tendrás zona de fuego. Está comenzando el verano.


Andrea Vinci
Punto y Seguido