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miércoles, 30 de noviembre de 2016

LEER ANTES DE VIAJAR


En las vacaciones de verano a muchos se les despierta el deseo de leer, o mejor dicho, el tiempo para leer y disfrutar de las lecturas. Algunos se embarcan en largas novelas, en los clásicos pendientes, o en las novedades. Pero en este caso lo que me interesa son las lecturas previas a los viajes. No hablo de las guías que nos acompañan, cada vez más, como si ya no bastara con un plano para evitar perderse. (Antes Lonely Planet era un incentivo para emprender un viaje. Uno leía esas guías, veía sus documentales, y deseaba conocer ese lugar. Ahora parece que no podemos movernos sin las guías. Y mucho menos sin un GPS…). Me refiero a los libros de narrativa, poesía o ensayo que transcurren en una ciudad, en un país, en una región, y sirven para conocer mejor a su gente y a su cultura actual o previa. Relatos que caminan por espacios que luego pisaremos, o autores cuya voz es la voz de su pueblo.


      Como es obvio, todas las narraciones nos pueden llevar de la mano a un lugar, pero muchas están centradas sólo en los personajes, y la ciudad está diluida en la narración. O no está. O es un lugar inventado. La narrativa en la que estaba pensando es la que uno puede disfrutar al identificarla con las calles o con la cultura. Y con ese pensamiento di con un ensayo de Michel Onfray, doctor en Filosofía, que tiene libros muy controvertidos, como el Tratado de ateología, que aún no leí. En este caso se trata de TEORÍA DEL VIAJE Poética de la geografía.


     Entre todos los temas que toca Onfray, desde querer el viaje hasta elegirlo, nos habla de los que alguna vez fueron lejanos destinos, que estuvieron en los sueños y el imaginario de muchos y que ahora, gracias a las comunicaciones (él defiende los aviones), se encuentran cerca, a unas horas de nuestra casa: la India de Marco Polo, el África de René Caillié, el Oriente de Nerval, la Oceanía de Bougainville. ¿Qué capta nuestra atención? A veces una palabra, el nombre de un país, de un río, de un volcán. «El cuerpo almacena imágenes transformadas en íconos», nos dice, «De ahí la necesaria celebración del libro (…) en la constitución de un imaginario eficaz y rico.» Y con esto defiende al libro en detrimento del video, (realidad simplificada): «Mejor las novelas de Julio Verne o las de Paul d´Ivoi…»

Fotografía de Max Seigal

     Para aumentar el deseo por conocer un lugar, lo mejor son los libros, sobre todo la poesía, nos dice: «El poeta transforma la multiplicidad de sensaciones en un depósito reducido de imágenes incandescentes destinadas a ampliar nuestras propias percepciones». La China de Claudel, el Tibet de Segalen, las Antillas de Saint-John Perse, el Ecuador de Michaux, el México de Artaud, la Europa de Rilke, e incluso aquellos que nos hablan de su propia ciudad, como Apollinaire de París, Pessoa de Lisboa o Borges de Buenos Aires.


    Tras su defensa del Poema, y también del Atlas, recae en la Prosa, aunque la considera más diluida que el Poema, y en la Guía, totalmente utilitaria. Su libro apunta al viajero, y nos da a todos la posibilidad de serlo a pesar de contar, a veces, con sólo unos pocos días para conocer un lugar. Se trata de la mirada, de inventar la inocencia, encontrar la propia subjetividad y atrapar la memoria. Por todos estos puntos nos pasea Onfray, como un camino para el autoconocimiento a través del viaje, y el libro tiene un lugar primordial en ese camino.

Foto de Helen Warner

    «La prosa del mundo se puede descifrar, (…), a la manera del agua, de la tierra, del fuego, de las nubes, de los sueños, de las fantasías, de un granero, de una casa, de una caracola, de la llama de una candela o de un fuego. O de un poema. Pues el poema del mundo requiere sin cesar de propuestas de desciframiento.»

    Les recomiendo un enlace, porque no hay mejor lugar que una librería para encontrar el libro adecuado antes de viajar, y aquí hay diez especializadas en viajes.


Andrea Vinci
Punto y Seguido

Primera ilustración de Pawel Kuczynski


martes, 18 de octubre de 2016

UN CUARTO PROPIO: PREMIOS LITERARIOS Y ESCRITORAS DE POSGUERRA




Ayer, 17 de octubre, con motivo de la conmemoración del primer Día de la Escritora, instaurado por la Biblioteca Nacional para reivindicar el protagonismo de las autoras hispanoamericanas, en el CAL (Centro Andaluz de las Letras), Ana Cabello nos deleitó con una estupenda charla sobre la incidencia de los premios literarios en las escritoras de posguerra, y como estos significaron «un cuarto propio».



         La guerra dejó a España huérfana de escritores, a lo que luego se sumaría el estigma de la censura. Para fomentar el resurgimiento cultural se instauraron varios premios literarios, entre ellos el Nadal en 1944, que nos deja la primera «sorpresa» para una época extremadamente machista: gana la novela Nada de Carmen Laforet, una joven de veintitrés años, desconocida. Este fue el puntapié inicial de la carrera por la visibilidad de las escritoras españolas, escondidas tras los delantales de cocina y la sonrisa de buenas esposas.

Carmen Laforet

         Las que continuaron con esta carrera le deben mucho a Laforet por haberse atrevido y, sin lugar a dudas, a aquellos «limpios» concursos literarios que elegían las obras antes de abrir las plicas… Aún así muchas tuvieron que ocultarse tras un pseudónimo masculino, como las escritoras del siglo XIX. Nada fue un hito en el empoderamiento de aquellas mujeres, que fueron atacadas, abiertamente, en los medios gráficos, por su osadía a dejar de ser «sólo señoras de su casa». Porque los premios literarios, entre 1944 y 1959, dieron muchas alegrías a las escritoras, y eso clavó una espina gorda en el machismo español. Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Kurtz, Elena Quiroga, Carmen Martín Gaite, fueron algunas de las que ganaron esos premios: Nadal, Planeta o Elisenda Montcada. Abrieron el camino a las que vendrían después, una generación apoyada por el feminismo.


Aquellas mujeres se alegraban con poder escribir en el ítem de su ocupación: escritora, en lugar de sus labores. Soportaron múltiples ataques de los incrédulos hombres escritores, que tuvieron que lidiar con la igualdad que significa contar en sus currículos con el mismo galardón. Pero, para no revolver demasiado las aguas, debían mimetizarse en el medio para no envalentonar a la tan temida censura. Como demostración, Ana Cabello nos trajo fotos de las revistas de la época: las escritoras recibiendo los premios junto a sus maridos, dándole de comer a sus hijos, aclarando que no descuidan su casa, etc. Y tras ellos la sorna extrema de revistas como La Codorniz que, para hacer hincapié en los muchos premios literarios que se llevaban las mujeres, sobre todo el Nadal, creó el Premio Dedal…

Ana Cabello

El corolario es un profundo agradecimiento a esas escritoras que nos abrieron el camino, y a los premios literarios, que las dejaron ser.
Andrea Vinci
Punto y Seguido


PD: Hoy, en El País, se puede leer esta nota titulada: Nosotras escribimos. En ella aparece lo siguiente:

«Si una palabra vale a veces más que mil imágenes, algunas cifras valen en ocasiones más que cien mil palabras. En este sentido, los datos de la presencia de mujeres en las altas instituciones y en las listas de grandes galardones literarios conforman un poema de realismo sucio. Solo 10 mujeres en 300 años de historia han ocupado un sillón de la Real Academia Española de la Lengua. El Premio Nacional de Narrativa, instaurado en el ya democrático año 1977, solo ha distinguido a dos autoras —Carmen Martín Gaite y Carme Riera— en sus 38 ediciones. Solo ha habido 4 mujeres de 38 Premios Cervantes y 14 mujeres entre 113 Nobel de Literatura.»



martes, 11 de octubre de 2016

UNA SUERTE PEQUEÑA


Llegué a este libro por recomendación de una amiga que había leído Elena sabe, de la misma autora: Claudia Piñeiro, y le había gustado tanto como a mí. Piñeiro tiene varias novelas que fueron llevadas al cine: Las viudas de los jueves, Tuya, Betibú, Las grietas de Jara. Películas que no vi. Libros que no leí. Tal vez no quería perder el encantamiento de Elena sabe… Frente a la recomendación me hice con Una suerte pequeña, y aquí les contaré mi parecer.


Las viudas de los jueves

      La primera mitad del libro me pareció estupenda. Piñeiro mantiene el suspense y nos atrapa. A la mitad del libro nos enteramos del porqué de toda la historia y ahí, por lo menos para mí, se cae un poco la narración. Pierde fuelle. Es la misma sensación que sentí con Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Salvando las distancias.

Foto de Martín Lucelose para La Nación

        Se trata de un libro de fácil lectura, aunque profunda en su tema, donde hasta la primera mitad aparecen dos voces de narrador. Mayoritariamente es la voz de una mujer a la cual se la conoce por tres nombres diferentes: Mary Lohan, Marilé Lauría y María Elena Pujol (situación que crea intriga), y que cuenta como en un diario íntimo, aunque ella lo llame bitácora de viaje. La otra voz repite casi el mismo texto, que avanza y se repite, y que hasta la mitad desconocemos quién es el autor. Con esa voz comienza el libro:

«La barrera estaba baja. Frenó, detrás de otros dos autos. La campana de alerta interrumpía el silencio de la tarde. Barrera baja, alerta y luz roja anunciaban que un tren llegaría. Sin embargo, el tren no llegaba. Dos, cinco, ocho minutos y ningún tren aparecía. El primer auto esquivó la barrera y pasó. El siguiente pasó y tomó su lugar.»


En una entrevista que le hicieron a la autora en Ciudad Equis, de La Voz del Interior, sobre esta novela y su tendencia al suspense, dijo:

«Es una suerte de homenaje a la narración oral. Hay gente que cuenta algo más o menos interesante, y uno escucha atento, esperando a que llegue al final. Me gusta ese tipo de relato, en el que uno cuenta una historia y el otro espera que sigas. Puede pasar en un policial, o, también, en una novela psicológica como ésta. Me gusta dosificar la información, usando un lenguaje de determinada manera, para que el otro me quiera acompañar en esa historia que estoy contando.»

Foto de Martín Lucelose para La Nación

Hay capítulos que me remiten al cuento, como el que habla de los murciélagos. La narradora enlaza el pasado y el presente para transmitirnos intriga y soledad, dolor y miedo. El formato de diario íntimo justifica, en cierta manera, la repetición de los sentimientos, de la historia.

La autora nos hace pensar en la suerte, en cómo enfrentar el dolor y torcer la pulseada. Nos hace ponernos a favor. O en contra. Depende de cada uno… La primera mitad del libro vale la experiencia de adentrarnos en él. Es imposible quedar indiferentes.



«Me pregunto una vez más si habrá sido una buena idea haber venido. Por momentos tengo la sensación de que todo acabará muy mal, que no podré evaluar al colegio Saint Peter por mi propia incompetencia y que mi viaje terminará siendo un escándalo.»

Andrea Vinci
Punto y Seguido


miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA PLATA: CIUDAD LITERARIA


Pensar en la ciudad de La Plata (Argentina) me lleva, inevitablemente, a mi infancia. Todos los años volvíamos a hacerle una visita, y todos los años vivía el mismo entusiasmo. Por esto, y por lo que hoy significa culturalmente, le dedico esta entrada.


La ciudad es un cuadrado perfecto atravesado por dos diagonales. Algunos dicen que esta forma remite a los símbolos masónicos de la escuadra y el compás, la conspiración de la razón sobre la religión... Las calles no tienen nombres, sino números, al estilo NY, y la caracteriza la Universidad que recibe estudiantes de todo el país y del extranjero, haciendo de ésta una ciudad joven.


Los recuerdos de mi infancia sobre La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, tienen dos cenit, dos lugares que se repetían año tras año y que eran para mí el sumun de la fantasía: la República de los Niños y el Museo de Ciencias Naturales.



La República de los Niños fue inaugurada cuatro años antes que Disneylandia. Algunos dicen que sirvió de inspiración para la diversificación de la empresa Disney. Sea o no verdad, la diferencia radica en que en ésta no hay personajes marketineros y en que, en verdad, es una ciudad en miniatura, con escuela, iglesia, banco, casa de gobierno, etc. Todo en tamaño niño, con su tren, su anfiteatro, su lago con barco y, por lo menos en mi infancia, su minibús que te llevaba a pasear por todo el recinto. Fue inaugurada por Perón, y en ella no viven princesas ni ratones. No sé qué tan felices podrán sentirse los niños actuales en un lugar como ese. Me gustaría averiguarlo…




Luego, antes de la hora de cierre, me llevaban al Museo de Ciencias Naturales. Acá estimo que la impresión puede ser la misma porque ¿qué niño no se impresiona junto a un dinosaurio? La colección es estupenda, y cuenta con muchos ejemplares, además, de la Edad de Hielo, y las joyas que yo siempre quería ver: subía corriendo las escaleras porque arriba ¡me esperaban las momias!




A esa edad me era más que suficiente toda esa sobredosis de ilusión. Ahora, todo eso no pierde el encanto, pero le sumo lo literario, ya que La Plata es una ciudad de poetas. En ella nació y vivió Francisco López Merino, poeta amigo de Borges, que se quitó la vida a los veinticuatro años. Hoy, la que fue la casa de su padre es un complejo bibliotecario, el Palacio López Merino, uno de los tantos lugares donde transcurre la vida cultural de la ciudad. La lista de escritores y poetas es amplia. Encuentro a Aurora Venturini, la autora de Las primas, novela premiada que leí hace poco, y que ella escribió casi al final de sus días, y a una larga lista de poetas: Julio César Avanza, que además fue ministro, Mario Porro, Horacio Preler, César Cantoni, Sandra Cornejo, Justo María Aguilar, Guillermo Eduardo Pillía, Mario Goloboff, Estela Calvo, Ana Emilia Lahitte, y la lista sigue. Algo tendrá la ciudad de inspiradora. 



Borges junto a López Merino

A estas voces se le suman la de los escritores que vivieron en esta ciudad por unos años, como es el caso de Rodolfo Walsh o de Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como Almafuerte. Entre las nuevas, muchas ya han traspasado la frontera, como Leopoldo Brizuela, ganador del Alfaguara 2012. En la lista sobresalen Carlos Ríos, Mario Arteca, Néstor Mux, Horacio Fiebelkorn, Eduardo Rezano, Ulises Cremonte, Esteban López Brusa, Juan José Becerra, Mariana Enríquez, Miguel Dalmaroni, Horacio Castillo, Edgardo Vigo, Gustavo Caso Rosendi, Carlos Aprea, María Eugenia López, Gabriel Bañez. Incluso podría nombrar a Laura Alcoba, que vive en Francia pero que alcanzó la fama con La casa de los conejos, novela que leí y que transcurre en esta ciudad en la época de la dictadura. Becerra, en una entrevista que le hizo el diario La Nación, dijo: «No hay una literatura platense, como tampoco hay una literatura dublinesa, a la que siempre se la confundió con la literatura joyceana. Cada autor es un mundo íntimo y formal que actúa al margen de su realidad civil.»

Teatro Argentino

Teatro Coliseo Podestá

Esta ciudad respira literatura, no sólo por sus autores, sino también por sus editoriales, que han ido surgiendo en estos últimos años. Tiene, además, muchas bibliotecas, preciosos teatros, como El Argentino y El Coliseo Podestá, ambos pilares de la cultura nacional. Y bares, universidades, centros culturales, plazas y calles amplias para pasear. Una capital de provincia que debería estar en la lista de todos los que visiten Argentina.
Andrea Vinci
Punto y Seguido


martes, 2 de agosto de 2016

RELEER A GRAHAM GREENE


Leí El americano impasible en plena adolescencia, y acabo de releerlo en la misma edición (la cuarta entrega en tapa dura de la colección Club Bruguera), hoy uno de los libros más ocres de la biblioteca de mi madre, que regala todos los que no le gustan o considera que no volverá a leer. ¿Qué recordaba?: que me había gustado y que el protagonista era un periodista que amaba a una mujer oriental que dormía con sus piernas entre las del él. Curioso mi recuerdo, cuando este detalle sólo lo nombra una vez… Cosas de adolescente, imagino. Por eso la relectura fue igual un descubrimiento. Y no podía ser mejor momento dado lo que cuenta y el tono sarcástico del narrador, que es el propio periodista.



Graham Greene

«Siendo lo que era la condición humana, que se pelearan, que se amaran, que se asesinaran, yo no pensaba complicarme. Mis colegas periodistas se hacían llamar corresponsales; yo prefería el título de reportero. Escribía lo que veía; no actuaba; hasta una opinión es una especie de acción.»

         Todo transcurre en la guerra colonialista de Indochina, en el actual Vietnam. Vietnamitas versus franceses. Un periodista inglés que se dice neutral y un emisario norteamericano que se mete donde no debe. ¡¿A que les suena familiar?! 

Película dirigida por Phillip Noyce (2002) 

«Ese fue mi primer instinto: protegerlo. No se me ocurrió pensar que en realidad tenía que protegerme de él. La inocencia solicita, tácitamente, ser protegida, cuando haríamos mucho mejor en precavernos de ella; la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana y que se pasea por el mundo sin mala intención.»


        El americano impasible, en otras palabras: indiferente, imperturbable. Así veían todos a Alden Pyle, el personaje sobre el que gira esta historia. O por lo menos así nos lo cuenta Thomas Fowler, el periodista inglés. ¿Y qué los une?: una mujer anamita llamada Foung. Se trata de una narración detectivesca y de un triángulo amoroso, contada entre pasajes reales de la historia: la lucha por la independencia, la retirada del ejército francés y la actitud del gobierno norteamericano por ocupar el lugar que dejarían los colonizadores. Bombardeos, emboscadas y atentados en las calles de Hanoi y Saigón le ponen marco a la relación de esos hombres por culpa de Fuong, representante de la mujer oriental de aquel momento, y tal vez también de éste.


«La muerte era mucho más cierta que Dios, y con la muerte ya no existiría la posibilidad diaria de que el amor muriera. (…) Matar un hombre me parecía concederle con seguridad un beneficio inconmensurable. Oh, sí, la gente amaba siempre, en todas partes, a sus enemigos.»

         «Quizá para el soldado el civil es el hombre que lo emplea para matar, que incluye la culpa del crimen en el sobre de la paga y elude toda responsabilidad.»




Entre toda la narración donde nos enteramos de esta relación triangular, uno encuentra las joyas que nos dice este personaje, lo que piensa, lo que siente:

         «¿No haríamos mucho mejor todos nosotros si no tratáramos de comprender, si aceptáramos el hecho de que ningún ser humano comprenderá jamás a otro, ni una mujer a su marido, ni un amante a su amante, ni un padre a su hijo?»


Y algunas frases que parecen escritas para el aquí y ahora:

         «¿Acaso la confianza en sí mismo se basará en el cambio de la moneda? En Inglaterra solíamos hablar de virtudes sólidas como la esterlina. ¿Tendremos que hablar ahora de un amor sólido como el dólar?»


         Y ciertos comentarios que nos hacen pensar en él, un inglés, como un hombre pasional, en vez de un clásico y flemático inglés.

«Lo que volvía más absurdos y humillantes mis celos era tener que expresarlos en el susurro más bajo posible; no tenían matices, y los celos exigen cierta teatralidad.»

         Y así podría continuar, copiando frases de esta verdadera obra maestra de la literatura, pero les dejo a ustedes ese descubrimiento.


Andrea Vinci
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martes, 19 de julio de 2016

LADRILLEROS. SELVA ALMADA


Llegué a Buenos Aires buscando a Selva Almada. No sé quién me la nombró ni cómo llegué a ella, pero llevaba su nombre escrito en mi celular, así que apenas entré a El Ateneo Grand Splendid busqué la sección de narrativa argentina y me hice con uno de los libros que encontré. Tal vez Ladrilleros no sea el más famoso, ni el más polémico, pero me lo bebí.

Librería El Ateneo Grand Splendid

Me gusta leer literatura de mi país porque es un retorno a mi lengua, mi vocabulario, mi musicalidad. Selva hace alarde de esto. Se trata de un libro corto, de poco más de 230 páginas, publicado por MARDULCE, una editorial argentina que ha abierto sucursal en España, y que apuesta por las voces nuevas.


La novela está estructurada como un puzle que avanza y retrocede en el tiempo y en la vida de dos familias —casi un remake de Capuletos y Montescos—, de manera fluida e inquietante, haciéndonos saber desde el vamos cuál será el final, pero sin darnos oportunidad al respiro. Ondula entre lo incisivo del léxico directo, y lo cruel de las imágenes que por momentos me recordó a la primera parte de Claus y Lucas de Agota Kristof, pero con intensidad latina y enmarcado en el litoral argentino.

         «Si hacía falta, lo iba a obligar a mascar conchas todo el día hasta que se le fuera el berretín de chupar pijas.»

         La voz del narrador/a omnisciente, particular por desenfada y regionalista, se inserta en el pueblo como uno/a más y nos muestra ese mundo alejado de nuestras realidades, con niños que aún corretean solos por el barrio, con mujeres que se casan con forasteros, y con hombres que meten las manos en el barro para hacer ladrillos, los ladrillos que edificarán sus vidas de barro, bajo ese sol que pega, arrasa, quema hasta los pensamientos y enloquece los deseos. Y esa voz se mete de lleno en la cabeza de los protagonistas, en sus agonías y sus delirios, hasta el desenlace, dejándonos circular por la sangre de ambos. 


Una de las características del narrador/a es el uso de los refranes populares, que en las primeras hojas caen a uno por página, logrando que me pregunte: ¿Quién cuenta esta historia? Es que el narrador/a no pasa desapercibido en este relato. Es un protagonista más. Una voz particular y cadenciosa. La pieza fundamental para que la narración sea lo que es. En definitiva, algo que ya sabemos: lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Y en esto Selva Almada parece que es una maestra.

         «Un día va a ser grande y le va a partir la cara al padre y a cualquiera que se anime a decirle, como recién, afuera del museo, que él es igual a Tamai. Un día su cuerpo dejará de quedarle chico a tanta furia como siente desde que tiene memoria.»


         «—¡Papá! —grita y siente que le sube un gusto a vómito, el sabor ácido de todos los porrones que se tomó esa noche.
         Entonces Miranda agacha la cabeza y el mentón barbudo oculta la cicatriz del cuello. Lo mira, pero tiene los ojos espantados.»


Andrea Vinci
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martes, 7 de junio de 2016

DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS. EJEMPLO DE NOVELA HISTÓRICA


Me gustan las novelas históricas donde la HISTORIA no sea el centro, donde la narración transcurra durante un período específico, pero que no sea «ese» el tema, y si lo fuera, se justifique y no sea una mera impostura para vender. Donde no se «fabule», y el escritor esté muy bien informado sobre esos detalles que parecen nimios, pero que no lo son: la vida cotidiana. Y además nos regale el subtexto que nos quiera contar, su manera de interpretar esa época. Eso es lo interesante, quieran o no. El resto lo encontramos en los libros de Historia: las guerras, los tratados, los nombres de los almirantes, la sucesión de los reyes, las ciudades invadidas, los imperios que se extienden, los imperios que mueren… Tu reino. Mi reino.


    Cuando pensamos en García Márquez lo que nos viene a la cabeza es el paradigma del Realismo Mágico: Cien años de soledad. Aunque toda su literatura esté impregnada de ese toque a Macondo, en esta novela, específicamente, el realismo está embebido por la magia en las mentes enrevesadas de la última etapa de la Edad Moderna, donde se perciben los postreros coletazos de la Inquisición. La diferencia radica en que Gabo, de manera indirecta, ironiza y no se deja seducir por «ese» pensamiento mágico, porque se trata de una magia sin poesía. Es una magia cargada de terror, de mentira y de aversión a la belleza y al amor.

Convento de Santa Clara

    La narración transcurre en el siglo XVIII en Cartagena de Indias. No se nombra la ciudad ni el año, pero en la primera hoja lo descubrimos con la llegada del galeón de la Compañía Gaditana de Negros, con los esclavos de Guinea, y más adelante, cuando uno de los personajes nombra los autores que ha leído (Leibniz y Voltaire), podemos darnos cuenta que se encuentran en plena Ilustración. 


La inspiración para este libro le vino de un desenterramiento en una de las criptas del convento de Santa Clara, cuando Gabo era un joven periodista. Fue el de una niña de cabellos rojos y larguísimos, sin apellido, llamada Sierva María de Todos los Ángeles. Según cuenta en el prólogo que antecede a la novela, su abuela le hablaba siempre de «una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros». No sabemos qué tan cierto sea esto, y mucho menos si la cabellera medía, al desenterrarla, veintidós metros con once centímetros, como él cuenta en el prólogo. Gabo unió en esta novela a todos los muertos que, según nos cuenta, desenterraron ese día: don Toribio de Cáceres y Virtudes, obispo de esa diócesis; la madre Josefa Miranda, abadesa del convento; doña Olalla Mendoza, marquesa de Casalduero; don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, marqués de Casalduero, cuya cripta estaba vacía; y algunos más, creados por su fecunda imaginación. Por supuesto, el convento de las clarisas, que albergaba la cárcel de la Santa Inquisición, y que hoy es un hotel de lujo, juega un papel importante en este relato.

Convento Sta. Clara-Cartagena de Indias

     Todo gira alrededor de Sierva María, que a pesar de ser la hija del marqués de Casalduero, fue criada por los esclavos yorubas de su casa. Con ellos dormía, jugaba, cantaba y aprendía sobre su religión de sincretismo enmascarado, de orishás, donde Ymanjá era la virgen María, y donde los collares que usaba le otorgaban poderes mágicos. Una niña mordida por un perro rabioso, que no contrajo la rabia pero que, por orden del obispo, fue entregada al convento para ser exorcizada, porque en esa época de ignorancia y superstición el pueblo confundía al mal de la rabia con la posesión demoníaca. El exorcista se llama Cayetano Delaura, casi un bibliotecario, un hombre que tiene acceso a ciertos libros «prohibidos», que emula a los monjes benedictinos de El nombre de la Rosa, pero con la razón por bandera, como buen hijo de la Ilustración. Y como bien dice el título, es una historia de amor, prohibido, y de ahí los demonios: el amor entre un cura y una niña de doce años. Un sacerdote que la defiende porque sabe que no está poseída, y que además entiende que la rabia es una enfermedad, no una posesión. Una niña que representa la posesión como un teatro para burlarse de las monjas que la acogen, con el mismo poderío oculto de los esclavos, con su lenguaje, con sus costumbres.


     Es un libro de apenas 150 páginas. Uno de esos libros que yo aconsejo para leer en aeropuertos, cargado de guiños históricos que hoy pueden parecer descabellados, pero que no lo son, porque aún el mundo está lleno de fanáticos. 
 Andrea Vinci
Punto y Seguido