miércoles, 30 de noviembre de 2016

LEER ANTES DE VIAJAR


En las vacaciones de verano a muchos se les despierta el deseo de leer, o mejor dicho, el tiempo para leer y disfrutar de las lecturas. Algunos se embarcan en largas novelas, en los clásicos pendientes, o en las novedades. Pero en este caso lo que me interesa son las lecturas previas a los viajes. No hablo de las guías que nos acompañan, cada vez más, como si ya no bastara con un plano para evitar perderse. (Antes Lonely Planet era un incentivo para emprender un viaje. Uno leía esas guías, veía sus documentales, y deseaba conocer ese lugar. Ahora parece que no podemos movernos sin las guías. Y mucho menos sin un GPS…). Me refiero a los libros de narrativa, poesía o ensayo que transcurren en una ciudad, en un país, en una región, y sirven para conocer mejor a su gente y a su cultura actual o previa. Relatos que caminan por espacios que luego pisaremos, o autores cuya voz es la voz de su pueblo.


      Como es obvio, todas las narraciones nos pueden llevar de la mano a un lugar, pero muchas están centradas sólo en los personajes, y la ciudad está diluida en la narración. O no está. O es un lugar inventado. La narrativa en la que estaba pensando es la que uno puede disfrutar al identificarla con las calles o con la cultura. Y con ese pensamiento di con un ensayo de Michel Onfray, doctor en Filosofía, que tiene libros muy controvertidos, como el Tratado de ateología, que aún no leí. En este caso se trata de TEORÍA DEL VIAJE Poética de la geografía.


     Entre todos los temas que toca Onfray, desde querer el viaje hasta elegirlo, nos habla de los que alguna vez fueron lejanos destinos, que estuvieron en los sueños y el imaginario de muchos y que ahora, gracias a las comunicaciones (él defiende los aviones), se encuentran cerca, a unas horas de nuestra casa: la India de Marco Polo, el África de René Caillié, el Oriente de Nerval, la Oceanía de Bougainville. ¿Qué capta nuestra atención? A veces una palabra, el nombre de un país, de un río, de un volcán. «El cuerpo almacena imágenes transformadas en íconos», nos dice, «De ahí la necesaria celebración del libro (…) en la constitución de un imaginario eficaz y rico.» Y con esto defiende al libro en detrimento del video, (realidad simplificada): «Mejor las novelas de Julio Verne o las de Paul d´Ivoi…»

Fotografía de Max Seigal

     Para aumentar el deseo por conocer un lugar, lo mejor son los libros, sobre todo la poesía, nos dice: «El poeta transforma la multiplicidad de sensaciones en un depósito reducido de imágenes incandescentes destinadas a ampliar nuestras propias percepciones». La China de Claudel, el Tibet de Segalen, las Antillas de Saint-John Perse, el Ecuador de Michaux, el México de Artaud, la Europa de Rilke, e incluso aquellos que nos hablan de su propia ciudad, como Apollinaire de París, Pessoa de Lisboa o Borges de Buenos Aires.


    Tras su defensa del Poema, y también del Atlas, recae en la Prosa, aunque la considera más diluida que el Poema, y en la Guía, totalmente utilitaria. Su libro apunta al viajero, y nos da a todos la posibilidad de serlo a pesar de contar, a veces, con sólo unos pocos días para conocer un lugar. Se trata de la mirada, de inventar la inocencia, encontrar la propia subjetividad y atrapar la memoria. Por todos estos puntos nos pasea Onfray, como un camino para el autoconocimiento a través del viaje, y el libro tiene un lugar primordial en ese camino.

Foto de Helen Warner

    «La prosa del mundo se puede descifrar, (…), a la manera del agua, de la tierra, del fuego, de las nubes, de los sueños, de las fantasías, de un granero, de una casa, de una caracola, de la llama de una candela o de un fuego. O de un poema. Pues el poema del mundo requiere sin cesar de propuestas de desciframiento.»

    Les recomiendo un enlace, porque no hay mejor lugar que una librería para encontrar el libro adecuado antes de viajar, y aquí hay diez especializadas en viajes.


Andrea Vinci
Punto y Seguido

Primera ilustración de Pawel Kuczynski


martes, 25 de octubre de 2016

DIARIO DE UN MAL AÑO. J.M.COETZEE

Diario de un mal año de J.M.Coetzee es un libro difícil de leer por su fragmentariedad y por el fuerte peso de la reflexión y el pensamiento frente a los elementos meramente narrativos.  Exige un lector empecinado pero que sabe que va a ver recompensados el esfuerzo y la insistencia. En correspondencia, se observa  la complejidad de su escritura, un trabajo arduo parecido a la construcción de  un puzzle de muchas pequeñas piezas con perfiles equívocos.


 La estructura se sustenta en una trama escueta y un aluvión de opiniones que se articulan en el trenzado de tres discursos diferentes que se van alternando en cada página. Es necesaria la aclimatación a estas tres voces que nos parecen disonantes en las primeras páginas  hasta que empezamos a distinguir los ecos, los acompañamientos, la música armoniosa que componen en su significado.

La  parte más extensa es la transcripción de una serie de textos argumentativos sobre la realidad, "opiniones contundentes" que se suponen formarán parte de un libro miscelánea que han encargado a su protagonista, el escritor C., trasunto de Coetzee . A este discurso más expositivo, aunque no exento de matices narrativos, se unen las voces de Anya y Alain, que forman con C. un triángulo sentimental que opera tan solo en el plano virtual o del deseo, pero que produce efectos en el plano real de los personajes dentro de la trama. A través de Anya se introduce la relación de ella con el viejo escritor, una relación supuestamente laboral (ella mecanografia las opiniones de C. para el libro) pero que soterradamente tiene muchas más implicaciones. La parte de Alain mueve la intriga narrativa y nos da la réplica a las opiniones de C.

 Con estos tres hilos de diferente grosor y tonalidad, va tejiendo Coetzee una novela autoficcional que juega con fechas, circunstancias, acontecimientos que el lector ha de conocer (C. tiene un importante galardón literario, es sudafricano, vive en Australia..) y los mezcla con detalles que no cuadran (la edad del protagonista, la ciudad de residencia...).El efecto paradójico es un reforzamiento de la sensación de verosimilitud no solo del personaje C. sino también de sus opiniones y del resto de los elementos de la trama , como los otros dos personajes, presumiblemente ficcionales. Estos juegos entre ficción y realidad se han convertido en una de las marcas del último Coetzee, como en su autobiografía  a través de entrevistas ficticias, Verano.


Otro aspecto interesante de la novela son las referencias metaliterarias, la reflexión sobre el hecho literario, su necesidad y su función, que plagan el texto.
Por ejemplo C. le dice a Anya:
"Una miscelánea no es como una novela, con un principio, un medio y un fin. No sé cuánto va a durar" .
"¿Una novela? No, ya no tengo la fortaleza necesaria. Para escribir una novela tienes que ser como Atlas, cargar con todo un mundo en tus hombros y sostenerlo durante meses y años, mientras todos tus asuntos se resuelven por sí mismos. Es demasiado para mi estado actual"
Anya, como la voz del lector común opina:
"Me gusta un buen relato, le dije fríamente. Ya se lo he dicho. Un relato de interés humano con el que pueda identificarme".

En cuanto a temática, la novela se ocupa de los asuntos habituales de la narrativa de Coetzee: la vergüenza, la vejez, el racismo, el comportamiento humano frente a los animales...Se diría que tiene un afán totalizador, enciclopédico, partiendo de la propia disposición de los capítulos en forma de artículos de un tratado didáctico. Abarca desde asuntos clásicos del pensamiento (Sobre la democracia, Sobre los orígenes del Estado, Sobre las aves del aire...) hasta temas completamente modernos (Sobre la Bahía de Guantánamo, Sobre la gripe aviar, Sobre el diseño inteligente...).

Teniendo en cuenta que la novela se publicó en 2007, hace casi diez años y antes de que la grave crisis mundial que estamos viviendo hubiera dado aún por completo la cara, es destacable la agudeza del pensamiento de Coetzze, su capacidad de leer lo que venía. Por ello, por su altura intelectual y su sinceridad y compromiso con la realidad histórica, creo que Diario de un mal año no es como diría C. "una oportunidad de refunfuñar en público", sino una cosecha de opiniones excelentes de un buen año literario de Coetzee.

Inmaculada Reina
Punto y Seguido

martes, 18 de octubre de 2016

UN CUARTO PROPIO: PREMIOS LITERARIOS Y ESCRITORAS DE POSGUERRA




Ayer, 17 de octubre, con motivo de la conmemoración del primer Día de la Escritora, instaurado por la Biblioteca Nacional para reivindicar el protagonismo de las autoras hispanoamericanas, en el CAL (Centro Andaluz de las Letras), Ana Cabello nos deleitó con una estupenda charla sobre la incidencia de los premios literarios en las escritoras de posguerra, y como estos significaron «un cuarto propio».



         La guerra dejó a España huérfana de escritores, a lo que luego se sumaría el estigma de la censura. Para fomentar el resurgimiento cultural se instauraron varios premios literarios, entre ellos el Nadal en 1944, que nos deja la primera «sorpresa» para una época extremadamente machista: gana la novela Nada de Carmen Laforet, una joven de veintitrés años, desconocida. Este fue el puntapié inicial de la carrera por la visibilidad de las escritoras españolas, escondidas tras los delantales de cocina y la sonrisa de buenas esposas.

Carmen Laforet

         Las que continuaron con esta carrera le deben mucho a Laforet por haberse atrevido y, sin lugar a dudas, a aquellos «limpios» concursos literarios que elegían las obras antes de abrir las plicas… Aún así muchas tuvieron que ocultarse tras un pseudónimo masculino, como las escritoras del siglo XIX. Nada fue un hito en el empoderamiento de aquellas mujeres, que fueron atacadas, abiertamente, en los medios gráficos, por su osadía a dejar de ser «sólo señoras de su casa». Porque los premios literarios, entre 1944 y 1959, dieron muchas alegrías a las escritoras, y eso clavó una espina gorda en el machismo español. Carmen Laforet, Ana María Matute, Carmen Kurtz, Elena Quiroga, Carmen Martín Gaite, fueron algunas de las que ganaron esos premios: Nadal, Planeta o Elisenda Montcada. Abrieron el camino a las que vendrían después, una generación apoyada por el feminismo.


Aquellas mujeres se alegraban con poder escribir en el ítem de su ocupación: escritora, en lugar de sus labores. Soportaron múltiples ataques de los incrédulos hombres escritores, que tuvieron que lidiar con la igualdad que significa contar en sus currículos con el mismo galardón. Pero, para no revolver demasiado las aguas, debían mimetizarse en el medio para no envalentonar a la tan temida censura. Como demostración, Ana Cabello nos trajo fotos de las revistas de la época: las escritoras recibiendo los premios junto a sus maridos, dándole de comer a sus hijos, aclarando que no descuidan su casa, etc. Y tras ellos la sorna extrema de revistas como La Codorniz que, para hacer hincapié en los muchos premios literarios que se llevaban las mujeres, sobre todo el Nadal, creó el Premio Dedal…

Ana Cabello

El corolario es un profundo agradecimiento a esas escritoras que nos abrieron el camino, y a los premios literarios, que las dejaron ser.
Andrea Vinci
Punto y Seguido


PD: Hoy, en El País, se puede leer esta nota titulada: Nosotras escribimos. En ella aparece lo siguiente:

«Si una palabra vale a veces más que mil imágenes, algunas cifras valen en ocasiones más que cien mil palabras. En este sentido, los datos de la presencia de mujeres en las altas instituciones y en las listas de grandes galardones literarios conforman un poema de realismo sucio. Solo 10 mujeres en 300 años de historia han ocupado un sillón de la Real Academia Española de la Lengua. El Premio Nacional de Narrativa, instaurado en el ya democrático año 1977, solo ha distinguido a dos autoras —Carmen Martín Gaite y Carme Riera— en sus 38 ediciones. Solo ha habido 4 mujeres de 38 Premios Cervantes y 14 mujeres entre 113 Nobel de Literatura.»



martes, 11 de octubre de 2016

UNA SUERTE PEQUEÑA


Llegué a este libro por recomendación de una amiga que había leído Elena sabe, de la misma autora: Claudia Piñeiro, y le había gustado tanto como a mí. Piñeiro tiene varias novelas que fueron llevadas al cine: Las viudas de los jueves, Tuya, Betibú, Las grietas de Jara. Películas que no vi. Libros que no leí. Tal vez no quería perder el encantamiento de Elena sabe… Frente a la recomendación me hice con Una suerte pequeña, y aquí les contaré mi parecer.


Las viudas de los jueves

      La primera mitad del libro me pareció estupenda. Piñeiro mantiene el suspense y nos atrapa. A la mitad del libro nos enteramos del porqué de toda la historia y ahí, por lo menos para mí, se cae un poco la narración. Pierde fuelle. Es la misma sensación que sentí con Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Salvando las distancias.

Foto de Martín Lucelose para La Nación

        Se trata de un libro de fácil lectura, aunque profunda en su tema, donde hasta la primera mitad aparecen dos voces de narrador. Mayoritariamente es la voz de una mujer a la cual se la conoce por tres nombres diferentes: Mary Lohan, Marilé Lauría y María Elena Pujol (situación que crea intriga), y que cuenta como en un diario íntimo, aunque ella lo llame bitácora de viaje. La otra voz repite casi el mismo texto, que avanza y se repite, y que hasta la mitad desconocemos quién es el autor. Con esa voz comienza el libro:

«La barrera estaba baja. Frenó, detrás de otros dos autos. La campana de alerta interrumpía el silencio de la tarde. Barrera baja, alerta y luz roja anunciaban que un tren llegaría. Sin embargo, el tren no llegaba. Dos, cinco, ocho minutos y ningún tren aparecía. El primer auto esquivó la barrera y pasó. El siguiente pasó y tomó su lugar.»


En una entrevista que le hicieron a la autora en Ciudad Equis, de La Voz del Interior, sobre esta novela y su tendencia al suspense, dijo:

«Es una suerte de homenaje a la narración oral. Hay gente que cuenta algo más o menos interesante, y uno escucha atento, esperando a que llegue al final. Me gusta ese tipo de relato, en el que uno cuenta una historia y el otro espera que sigas. Puede pasar en un policial, o, también, en una novela psicológica como ésta. Me gusta dosificar la información, usando un lenguaje de determinada manera, para que el otro me quiera acompañar en esa historia que estoy contando.»

Foto de Martín Lucelose para La Nación

Hay capítulos que me remiten al cuento, como el que habla de los murciélagos. La narradora enlaza el pasado y el presente para transmitirnos intriga y soledad, dolor y miedo. El formato de diario íntimo justifica, en cierta manera, la repetición de los sentimientos, de la historia.

La autora nos hace pensar en la suerte, en cómo enfrentar el dolor y torcer la pulseada. Nos hace ponernos a favor. O en contra. Depende de cada uno… La primera mitad del libro vale la experiencia de adentrarnos en él. Es imposible quedar indiferentes.



«Me pregunto una vez más si habrá sido una buena idea haber venido. Por momentos tengo la sensación de que todo acabará muy mal, que no podré evaluar al colegio Saint Peter por mi propia incompetencia y que mi viaje terminará siendo un escándalo.»

Andrea Vinci
Punto y Seguido