lunes, 12 de agosto de 2013

MARÍA MOLINER Y SU QUINTO HIJO


Cuando el cuarto hijo de María Moliner ingresó en Ingeniería, ella creyó que con cinco horas como bibliotecaria al día no tenía suficiente y, queriendo emular el Learner´s Dictionary, se puso a escribir un diccionario. No se trataba de un diccionario cualquiera, es «El Diccionario para los escritores», como ella misma lo llamó, porque nos enseña el uso de las palabras, mucho antes de que se encuentren desgastadas, arrinconadas o casi colgando de un hilo al borde de la extinción. Rescató eso de lo que somos dueños los hablantes: las palabras, y nos ayudó (y nos sigue ayudando), a colocarlas en su sitio lo mejor posible, para que el resto de los hablantes nos entiendan.
Lo hizo en su casa, de puño y letra y lo llamó Diccionario de uso del español. Dos tomos, tres mil páginas, tres kilos. Dos veces más grande que el de la RAE. Comenzó en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, pero cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. Comenzó dedicándole dos o tres horas al día, pero a medida que sus cuatro hijos se fueron casando, el tiempo dedicado al diccionario creció hasta alcanzar las diez horas diarias. Lo dio por terminado en 1967, bajo la presión de la Editorial Gredos que la esperaba desde hacía cinco años.
Su método era infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. Comenzó dividiendo una cuartilla en cuatro partes iguales que convirtió en fichas de palabras. Sus elementos de trabajo: dos atriles y una máquina de escribir portátil. Primero trabajó en la mesita del centro de la sala. Luego, cuando ya casi se ahogaba entre libros y notas, usó un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Sus fichas se podían medir. Iba y volvía entre sus letras. Sólo evitó las mal llamadas malas palabras, curiosamente, las más usadas.
Nació con el siglo y en 1972 la postularon para que ocupara un sillón en la Real Academia Española. El machismo académico no lo aceptó. Ella se alegró. Le aterrorizaba pronunciar un discurso de admisión: «¿Qué podía decir yo, si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».
Cuando a uno de sus hijos le preguntaron cuántos hermanos tenía contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Al escuchar esto, y abriendo estos libros y buscando cualquier palabra, nos alcanza para reconocer la pasión con que María Moliner nos dejó su legado. Un legado por el que sólo podemos darle las gracias.
Basado en la nota de G. García Márquez, El País, 10/02/1981






2 comentarios:

  1. Bonita historia de una mujer que puso lo mejor de si, para lograr una obra que sería (y seguirá siendo) punto de apoyo para los escritores. Quien sabe cuantos galardonados consultaron sus páginas y cuantas nuevas generaciones de excelentes autores también lo harán. Una heroína de las letras que el machismo de la Real Academia no quiso admitir. Gracias Andrea Vinci, por dejarme saber de ella.
    ¡Saludos!

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  2. Gracias a ti por leerme. Un saludo desde el DF

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