lunes, 10 de febrero de 2014

KAFKAMORFOSIS

Cuando Franz Kafka se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso escritor de Best Sellers. Se incorporó horrorizado y al mirarse al espejo descubrió en su cabello oscuro una viscosa pasta que lo hacía tan liso como un casco. La piel de su cara había tomado el color dorado de las portadas, fragmentada en miles de capítulos hábilmente ordenados por su número de orden.  Y sus dedos, sobre todo los dedos, ya no eran dedos, se habían convertido en diez impúdicas “Mont Blanc”.
Indignado y avergonzado se desnudó ante miles de espectadores educadamente vulgares que aplaudían al singular escritor. Cuando estuvo totalmente desnudo, advirtió con alivio que su cuerpo era tan normal como en la noche anterior y torciéndose hasta las puntas de los pies comenzó a escribir con una de sus plumas: “La mayor parte de los libros modernos son pálidos reflejos de lo cotidiano. Se extinguen demasiado pronto. Deberían leer más libros viejos. Clásicos. Goethe. Lo viejo extrovierte su valor íntimo, lo imperecedero. Lo que solamente tiene carácter de novedad es cosa pasajera. Hoy es bello, mañana parece ridículo... "(*). Cuando acabó de rellenar cada poro de su piel con estas palabras, se alegró al comprobar que toda esa gente había desaparecido y que los trazos de sus frases se convertían en negros escarabajos que huían despavoridos de su piel. Aún hoy, en las librerías pueden verse algunos de estos escarabajos correteando sobre las portadas. 

Punto y Seguido

(*) conversación de Franz Kafka con un periodista checo, Gustav Janouch



1 comentario:

  1. Pedro, estupendo micro con trazas de realidad y ficción.

    Abrazos

    ResponderEliminar