¿Qué línea separa el dentro del fuera, el
estruendo de las ruedas del aullido de los lobos?
Las ciudades invisibles, Italo Calvino
No existe la ciudad de Ramila, aunque todos, alguna vez, hayamos creído divisarla al otro lado del mar, como un espejismo, en el sueño de una siesta interminable. Desde esa lejanía, Ramila pudiera parecer una ciudad hermosa, el cuerpo de una mujer con los brazos extendidos, pero una vez dentro, esa percepción desaparece y solo queda el polvo, una bruma compacta y seca que sube de las alcantarillas, se incrusta en el paladar y deja un persistente olor a pachuli y a grasa recalentada.
Imaginamos los barrios Este y Oeste prolongados hasta el mar desde las Montañas del Norte. En Este duermen los poderosos de Ramila: clérigos, duques, notarios y mercaderes se reparten por parcelas en casas con jardín y piscina. En Oeste viven los empleados, los desempleados y los viejos, apiñados en habitáculos sin rivalidad ni codicia. Las Montañas del Norte conforman el límite norte de la ciudad, sin senderos ni caminos que las recorra. Nadie las cruzó jamás. Tan poderoso influjo ejerce la ciudad sobre sus habitantes, que nunca, ninguno de ellos, planeó huir de Ramila.


Todo fluye de forma espontánea, con una desgana tan obsesiva que a veces pudiera confundirse con entusiasmo, aunque, por supuesto, aquí no exista nada parecido. Todo es suave y amorfo y el único esfuerzo, el mínimo, consiste en mantener este orden singular, esta extraña conformidad de irse adaptando a cada nuevo día y con él, transformarse hasta parecerse a si mismo y a su anterior. Porque no existe futuro ni pasado, como en un sueño, todo es hoy en Ramila, todo acaba y vuelve a comenzar, al caer la tarde o al inicio de cada día, como en un sueño.
Solo las ratas parecen preocupadas por el futuro. Todas las noches, con el último sol y después de cerradas las puertas de los barrios Este y Oeste, salen a buscar su comida. Recorren las plazas, los restaurantes, los teatros, buscando y royendo todo lo que encuentran, aunque ese todo sea cada vez más escaso. Quizás movidas por esa escasez de alimentos han comenzado a invadir el cementerio y ya algunos muertos, los del barrio Este, han sido rescatados por sus familias, y vuelven a ocupar las casas donde habitaron.
Las ratas, por impulso creativo o simple instinto de supervivencia, han empezado a construir una nueva ciudad en el cementerio de Ramila, con estrechas galerías y pasos subterráneos que comunican los antiguos nichos sin tener que salir al exterior. Nuevas casas/dormitorios para futuros viajeros. Estos nuevos pobladores tendrán asegurado un lugar digno donde seguir durmiendo, y ellas, las ratas, guiadas por su profundo sentido de equilibrio y compensación, habrán contribuido a que nuestro sueño no los olvide, a que la ciudad nunca desaparezca.
imágenes: giorgio de chirico
Punto y seguido
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