MOMENTOS DE INADVERTIDA FELICIDAD
de Francesco Piccolo, es uno de esos libros que se leen sin pensar, con
una sonrisa. Que tomas cuando no tienes otra cosa y sueltas cuando se te ocurre
que podrías hacer algo. Es simpático.
A mí me recuerda, sobre todo al principio, a libros como Me acuerdo,
de Perec, a algunos libros de memorias, también, pero con humor y ligereza, sin
toda esa carga pesada de fechas y nombres de algunas autobiografías. Invita a
recordar. Es una propuesta de trabajo con la memoria desde el punto de vista de
la espontaneidad y la lectura. La lectura como la
magdalena de Proust. Leer, como escribir, es siempre un ejercicio de la
memoria, además de la imaginación. Y el lector es un actor imprescindible en la
producción del libro. En estos párrafos que hemos seleccionado tratamos de describir a qué parte de nuestra experiencia y de
nuestra memoria nos lleva esos pequeños momentos de inadvertida felicidad recopilados por Piccolo. Sin escritor no hay literatura, pero sin
lector tampoco.
Y además me gusta muchísimo mantener conversaciones y
discusiones inútiles, con quien sea.
Bueno, esta frase la
suscribo cambiando solo dos palabras (me gustaba y con quien fuera). Se me pasaron
las ganas, no sé cómo ni cuándo. Bueno, tal vez el punto de inflexión está más
o menos confuso en mi cabeza, pero si recuerdo una conversación en la que dije
a mi interlocutor que ya no iba a discutir más con él y menos por menudencias
que en el fondo me importaban un carajo. Lo que estaba en juego tal vez era el
orgullo y se me agotó. Como diría mi tía: Para ti la perra gorda...(se refería
a una moneda, así tal vez lo entienda la gente que nació en pesetas casi sin
fracción o en euros incluso fraccionados)
Puedo pasarme horas intentando vislumbrar si una
americana es azul marino o negra.
Lo de la gama de
colores es una cuestión de grado...Mi padre compró un coche familiar de segunda
mano. Un Seat 1430. Tenía un color extraño como solo podían tenerlo los coches
de los 70 (al menos hasta que aparecieron los esmaltes metalizados y el
ziritione ¿alguien supo alguna vez qué es el ziritione?) Era un color indefinido entre verde y
azul, o al menos eso parecía. Cada persona que lo veía daba su opinión. Para mí
era azul, azul azafata (por el color de los uniformes de las azafatas de Iberia
de aquella época). Para mi padre era azul también, porque odiaba el verde,
nunca se habría comprado un coche verde. Había mucha gente a favor del azul
pero otros tantos a favor del verde. También dependía de donde estuviera
aparcado, de los colores de los coches que estuvieran aparcados junto a él y de
la luz que le diera. Tuvimos ese coche cuatro o cinco años. Cada día discutimos
sobre si era azul o verde. Nadie dio su brazo a torcer. Y eso que éramos muchos
a opinar.
Yo vi ese coche cuando
volví a casa este mediodía, estaba aparcado en mi plaza de aparcamiento y para
mí era verde, aunque luego, cuando me dirigía al ascensor me volví a mirarlo y
me pregunté qué haría allí. Entonces me pareció azul.
Y también cuando me despierto en un lugar que no es mi
casa: ese instante en que todavía no soy consciente de donde estoy. Y también
cuando luego soy consciente.
Una noche oí a mi
padre. Me llamaba, Miguel, Miguel, desde algún lugar cercano, aunque yo no
podía verle. Me desperté y me di cuenta de que había sido un sueño. En esos
pocos segundos, desde que oí su voz hasta que tuve conciencia de que lo había
soñado fui feliz, fui un niño feliz otra vez.
Esos sueños son
geniales. Yo soñé que mientras dormía venía junto a mi cama en mitad de la
noche mi hijo, con dos o tres años. Fue tan bonito verle mirándome con
sus ojos de entonces, pensar que iba a cogerlo en brazos y a subirle a la cama
conmigo, su cuerpo pequeño con un pijama amarillo. Me desperté de la emoción y
después me dio miedo, pero ese instante en que sentí tan cerca su presencia fue
único, nada que se pueda recuperar con una fotografía. Me habría gustado
conocer a tu padre.
¿En serio que viste el
coche? Era azul, dime que era azul en realidad.
El coche era verde,
pero de un verde tirando a azul, como el mar. Con la luz era más verde pero al
mirarlo de lejos, cuando ya se apagó el temporizador, era azul. Manuel dice que
azul turquesa, ¿o es verde turquesa?
Cuando se va la luz y
luego vuelve, todos los relojes digitales de la casa parpadean y señalan las
cero punto cero (00:00)
Ahora se va la luz tan
pocas veces, y por tan poco tiempo. Está el diferencial y vas, subes un par de
palanquitas y se acabó la magia. Antes sí que estaba bien. Han saltado los
plomillos en la portería y no quedan de repuesto, o, lo mejor de lo mejor: hay
apagón general. Las ventanas y la calle a oscuras, las velas y la vida en
suspenso. Las caras de mis hermanos llenas de esperanza, todos juntos con un
solo deseo, que no se arregle, que dure mucho. Como un campamento de verano en
medio de la noche de invierno.
Ahora, cuando se va la
luz, la seguridad de que no es general, la palanquita del diferencial y el
problema del reloj del horno ( no tengo ni idea de cómo se programa, ni la voy
a tener).
Cuando
los que te saludan dando unos besitos te dan de verdad unos besitos con los
labios húmedos, soy muy hábil para identificar el momento justo en que no me
miran para pasarme el dorso de la mano por la mejilla por el punto donde me
parece notar la humedad.
Yo
nunca me paso el dorso de la mano, me gusta que la humedad se quede ahí, en mi
cara. También me gusta el sonido de esos besos, besos sonoros, como pequeñas
ventosas que se adhieren a la piel. Mi prima Loli besaba así, y Rosa, una amiga
de mi mujer. Tú nunca lo haces, acercas la mejilla, unes y separas los labios
como si besaras, pero en realidad besas al aire.
Y es
éste el punto crucial de la cuestión: ¿por qué miento?, ¿qué razón hay para
ello? No hay ninguna razón: me gusta.
De
niño mentía por cualquier cosa. Inventaba ciudades donde había estado,
películas que había visto, mi padre que trabajaba en un barco y un primo mío
era músico famoso en el Londres de los sesenta. Con los años ha dejado de
gustarme. Llegó un momento en que me pareció más interesante decir la verdad.
Así si mi primera reacción era mentir me decía, espérate, ¿a dónde vas? La
mentira es espontánea y creativa, decir la verdad requería un esfuerzo y en
esos momentos, supongo que estaba necesitado de esa pequeña gimnasia mental. Lo
mejor de todo esto es que ya no sé a ciencia cierta si he visitado esas ciudades
que inventé, si vi aquellas películas, si mi padre trabajó alguna vez en un
barco o si mi primo fue realmente un cantante famoso. Tampoco sé si todo esto
son en realidad pequeñas mentiras camufladas de verdad. Lo que sí tengo claro
es que ya solo miento cuando escribo.
A mí me resulta
difícil mentir, prefiero no decir. Supongo que tiene que ver con que le tengo
miedo a las palabras, a lo que confiesan. Tal vez por eso, como tú, miento
cuando escribo. Pero solo a medias. Se podría decir que mintiendo vuelo muy
bajo. Y para qué voy a mentirte, yo me limpio los besos, hasta los de los
niños. Y doy besos al aire para no importunar a los besados.
Continuar con las
discusiones largo rato, retomándolas incluso al día siguiente: "de todas
maneras, lo que yo quería decir...".
Parece una
contradicción, después de haber dicho que no me gusta discutir, decir que me
reconozco en esta frase, pero, en honor a la verdad, es así. Una vez que uno se
mete en una discusión (y se supone que lo ha hecho porque el asunto lo merece,
o el contrincante…), hay que llevarla hasta el final (lo contrario sería un
desprecio a uno mismo, o al contrincante...o admitir que a uno le fallaron las
palabras).
He esperado a
contestarte a que fuera viernes. Cada vez me gustan más los viernes, a pesar de
su cualidad inaugural, o tal vez por eso. Los viernes son como una vuelta al
estado natural del ser humano. Si no fuera por su promesa de cambio,
inmediatamente negada, los viernes no tendrían tan buena prensa. Pero,
realmente, son una liberación.
Estoy de acuerdo, el
viernes es el mejor día de la semana, antes era el jueves.
Los lunes. Mejor
dicho, el momento en que termina el domingo, que es un instante exacto y
fugitivo, entre un plato y otro del almuerzo, en que uno siente, y alrededor lo
sienten todos, que el domingo ha terminado antes de que empiece otro medio día.
Las tardes del domingo
casi pertenecen a los lunes. Es un tiempo muerto sin huella ni esperanza, un
tiempo en que parece que ya no somos ni estamos, todo se detiene. Las tardes
del domingo duran más que el tiempo que duran. Hasta los niños parecen notarlo,
se vuelven lentos y desganados, miran la tele aburridos con la extraña
sensación de que la tarde no acabará nunca.
Los domingos por la tarde son una frontera
triste. Ya no podemos vivir la felicidad y la libertad del fin de semana. Somos
así de masoquistas, preparamos un anticipo del lunes. Los domingos por la tarde
son una despedida y ya se sabe que las despedidas siempre son tristes. Nos
despedimos del nosotros mismos que nos gustaría ser y vivir, como a veces cuando nos despedimos de los libros.
fotografías de Inmaculada Reina
Inmaculada Reina
Miguel núñez ballesteros
Punto y seguido
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